Uno de los males característicos de esta época es sentirse dominado por el miedo.

El miedo es la sensación normal que nos protege de los peligros, pero que cuando no se puede controlar se transforma en un grave obstáculo para la vida.


No se trata solamente de una sensación de desagradable inquietud, sino de cambios fisiológicos, porque el miedo aumenta el metabolismo celular, la presión arterial, el funcionamiento cerebral y la coagulación de la sangre, se detienen las funciones que no son esenciales, se acelera el ritmo cardíaco, se concentra adrenalina en las células y las pupilas se agrandan.

Todos sentimos miedo ante situaciones de estrés, que es lo que nos ayuda a adaptarnos a los cambios, ya que el miedo se relaciona con el instinto de supervivencia que tiene el propósito de inhibir conductas que pueden destruirnos; pero se transforma en patológico cuando se torna crónico y obliga a vivir en un estado permanente de inquietud y estrés imposible de controlar.


La Organización Mundial de la Salud considera a las fobias (temor irracional incontrolable) al problema mental más difundido en el mundo en la actualidad, estimando que una de cada cuatro personas lo padece en alguna medida, impidiéndole realizar determinadas actividades que objetivamente son consideradas racionalmente, inofensivas.

Una de cada diez personas llega a padecer un ataque de pánico; afección que representa una experiencia física de angustia extrema, el terror a perder el control y otros síntomas que pueden resultar inquietantes.

La sensación de miedo es normal frente a circunstancias que ponen en riesgo la vida o la estabilidad emocional, porque prepara al cuerpo para enfrentar el peligro; pero cuando se producen frente a estímulos cotidianos, este mecanismo se descontrola.

Cuando los temores se transforman en patológicos se define como un trastorno de ansiedad; síndrome que se ha convertido en una epidemia.

La vida moderna mantiene a las personas en estado de tensión, las preocupaciones, el cansancio, la competencia, las exigencias en las grandes ciudades, llevan a la gente a estar alterada, a adelantarse a los acontecimientos, a pensar en negativo, a temer sucesos indeseados y a ser aprensivos.

Los síntomas del trastorno de ansiedad generalizada cuyos síntomas son por ejemplo el cansancio, la impaciencia, la intranquilidad, la tensión muscular, la irritabilidad, el mal humor y el insomnio, está afectando a gran parte de la población activa.


Los ataques de pánico pueden sobrevenir por un motivo aparente o desencadenarla una situación u objeto específico, produciendo la extraña y vaga sensación de estar perdiendo la razón, de estar a punto de morir, de sentir que falta de aire, inquietud extrema y una angustia intolerable.

El temor puede referirse a un objeto pero también puede no tener objeto; cuando el pensamiento es dominado por ideas angustiantes que pueden llevar a realizar conductas repetitivas o rituales para neutralizar la angustia.

Algunos miedos son innatos y naturales, que son los que nos protegen del peligro, pero otros son aprendidos o adquiridos debido a una experiencia negativa.

Huir del objeto que produce temor lo incrementa, porque solamente enfrentando los miedos se logra hacerlos desaparecer.


Del 25 al 30% de las personas que sufren de algún tipo de ansiedad o fobia, aseguran poder manejar esa situación ellos mismos y no se tratan ni saben que los tratamientos tienen muy buenos resultados.

Las personas ansiosas necesitan tener todo bajo control y lo que les produce mayor angustia son los acontecimientos negativos impredecibles.

La mayoría soporta mucho mejor las experiencias esperadas, por más malas que sean; por eso la necesidad exagerada que tienen de controlar todo.

Aprender a vivir con los miedos en forma inteligente puede evitarnos peligros y además ayudarnos a no tener miedo de tener miedo, emoción que nos limita el aprendizaje y no nos deja vivir normalmente las experiencias.

El tratamiento oportuno puede liberarnos de esta pesada carga.